lunes, 14 de diciembre de 2009

LA MANUTENCIÓN ES DE LOS CIELOS


Parashat: Miketz

Rabino: Amram Anidjar Sh”lita


Una vez, la reina de Inglaterra iba paseando en su carruaje. De repente, apareció un muchacho judío que llevaba medias finitas blancas hasta las rodillas, pantalones bombachos, zapatos negros, un saco largo, un sombrero negro, pero lo que más le llamó la atención a la reina fueron sus peot en forma de tirabuzón.
La reina inmediatamente mandó a averiguar quién era el muchacho y le envió una invitación para el día siguiente, a la una de la tarde, en el palacio, pués quería conocer a ese muchacho tan especial que vio caminando en la calle.
Cuando el muchacho recibió la invitación, se emocionó mucho, tanto que casi no pudo dormir esa noche. A la mañana siguiente, se levantó muy temprano y al verse en el espejo, se avergonzó de su apariencia y dijo: ¿Con estas peot y vestimentas tan ridículas voy a ir a visitar a la reina? Agarró unas tijeras y se cortó las peot, se puso unos zapatos y unas medias comunes, se vistió con unos pantalones clásicos y un saco elegante, se quitó la Kipá y se puso un sombrero que le combinaba con el color de los pantalones, y se presentó con su nueva apariencia, a la 1 de la tarde en punto, en el palacio de la reina.
Al entrar el muchacho, todo nervioso, a su entrevista con la reina, ella le preguntó: ¿Quién eres tú? El muchacho le respondió que él había recibido una invitación para venir a entrevistarse con la reina. Al ver que lo que decía era cierto, la reina le dijo que ella no quería entrevistarse con una persona común del pueblo, sino con ese muchacho cuya apariencia le inspiró respeto y curiosidad.
Nosotros, en la diáspora, siempre pensamos, que en función de que nosotros escondamos más nuestra identidad, nuestra religión, nuestras costumbres, y nos asemejemos más al goy, éste nos querrá más y nos valorará más, pero que si llegásemos a demostrarle nuestro judaísmo entonces nos despreciará.
Yosef Hatzadik nos da una lección, de cómo comportarse en la presencia de los goyim, sin sentir vergüenza alguna.
Yosef fue a entrevistarse con el Faraón, pero analicemos previamente su vida. Desde pequeño fue odiado por sus hermanos, lo secuestraron, lo lanzaron a un pozo, lo vendieron como esclavo, trabajó muy duro como esclavo, la esposa de su patrón intentaba seducirlo constantemente, fue condenado a diez años de prisión en Egipto, pasaron doce años y todavía no recibía la libertad, hasta que, de repente, se ve parado frente al Faraón y la única solución que le queda para salir de todo este problema es conseguir gracia ante los ojos del Faraón y seguramente quedar así liberado.
Sin embargo la actitud de Yosef fue completamente diferente, y lo único que nadie se atrevía a decirle al Faraón, Yosef se lo dijo. El Faraón pensaba que él se creó a sí mismo. Sin embargo Yosef le dijo que estaba equivocado, y que el Dios de Abraham, Itzjak y Yaakov era quien lo iba a salvar y no él.
Aunque pudiéramos pensar que simplemente fue un detalle que se le pasó a Yosef, sin embargo no fue así, ya que volvía a repetírselo constantemente, que Dios es el único que lo podrá ayudar y no él.
Como si fuera poco, el faraón decía que el Nilo le escuchará por siempre porque era suyo; sin embargo Yosef le decía: Quieras o no quieras, el río se secará por completo.
¿Cuál fue la consecuencia de todos estos actos? Vino el Faraón con la cabeza baja y le dijo que verdaderamente Yosef era muy sabio, por lo que optó por quitarse su anillo y dárselo para que gobernara sobre toda la tierra de Egipto.
Así también actuó Yosef, posteriormente, con los ministros que estuvieron con él día a día, en el palacio. Él no trataba de apegarse a ellos, ni de hacer amistad, evitando así ser asimilado por sus ideas raras. Tal y como nos relata nuestra Parashá, Yosef comía apartado de los ministros y de todos los demás de la aristocracia. Explica Onkelus que el motivo por el que Yosef comía separado de los demás, era porque comía carne de ternera, que era el dios de los egipcios. Aparentemente nosotros pensaríamos, que para qué comer carne, que comiera otra cosa con tal de sentarse con los demás para no ser diferente al resto de las personas. Sin embargo, Yosef Hatzadik decía que él no estaba dispuesto a cambiar su mundo, sus ideales por nada ni por nadie.
Como consecuencia de esa actitud, -Vaitav Hadabar Beenei Parhó Ubeenei Kol Abadav- Y le pareció bien al Faraón y a todos sus esclavos” (Bereshit 41:37), todos lo querían y lo honraban.
Yosef se preocupó de hacerles entender a todos los de su familia de no ser tan amigables con los egipcios, ya que ellos eran diferentes como se los había enseñado su bisabuelo Abraham Haibrí, el que se encuentra del otro lado del río. Por eso Yosef y su familia eran diferentes al resto de las personas de Egipto.
Es por eso que, Yaakov Abinu y toda su familia recibieron muchos honores recién llegados a Egipto. Incluso el Faraón fue a donde Yaakov a que le dijera una bendición. Les otorgaron la tierra de Goshen, una de las zonas más fértiles de Egipto. Am Israel era muy querido por todos, e incluso después de que murió Yaakov Abinu le hicieron honores como a los reyes.
Pero todo cambió cuando los judíos decidieron salir de Goshen y comportarse como los egipcios. Dejaron de hacer Brit Milá, empezaron a hacer idolatría, etc., hasta que los egipcios se hartaron de los judíos, -Vayikotzu Mipenei Bené Israel - Y los judíos se hicieron como espinas-.
Mucha gente piensa que si hace negocios con goyim y esconden su identidad, entonces el goy los respetará más. La realidad es lo contrario. El goy, cuando observa que tienes temor de los cielos, te admira más, ya que el siente que tú eres diferente, porque no tratas negocios en restaurantes no casher, que tus horas de trabajo dependen de las horas de ir a rezar Minjá y Arvit, etc.
En especial cuando una persona es creyente en Dios, y sabe que todo proviene de Él, nunca pensará en dejar de hacer la voluntad de Dios, con tal de no perder un negocio.
Una vez, en Caracas, había un muchacho que estaba trabajando en un lugar no muy especial y con un sueldo tampoco muy especial. Un día decidió empezar a hacer teshuvá. Empezó a llegar tarde al trabajo porque tenía Shajrit, y entre que salía temprano para ir a Minjá, además se demoraba los mediodías diciendo Birkat Hamazón, y los sábados no trabajaba, la empresa decidió despedirlo. Al llegar a casa ese día, toda la familia empezó a decirle que por la teshuvá lo despidieron, que eso no es manera de llevar la religión, etc. Al pasar unos días salió un aviso de prensa solicitando gente para trabajar en una compañía de Telecomunicación internacional. Por mala suerte para él, el día de la entrevista era un día de Omer, y no se podía afeitar. De nuevo toda la familia empezó a decirle que se afeitara, que de otra manera no le iban a aceptar, etc. El muchacho se presentó a su entrevista sin afeitarse, y gracias a Dios, lo aceptaron. Pero al muchacho le tocó trabajar en un lugar muy remoto del mundo, donde no había ni un solo judío a miles de kilómetros a la redonda. Entonces, fue a donde la directora a solicitarle un cambio de lugar, y ella le dijo que no le quedaba nada en todo el mundo, más que un pueblito pequeñito que seguramente no le iba a gustar. El muchacho preguntó cómo se llamaba ese pueblito y la directora le dijo que se llamaba Monsey (pueblo ubicado en las afueras de Nueva York, donde hay muchas Yeshivot y grandes rabinos). El muchacho, al escuchar eso, pidió inmediatamente su cambio y se lo dieron. Hoy en día el vive en Monsey, casado, con hijos, trabaja y estudia felizmente.
Nosotros debemos aprender a no avergonzarnos de nadie, sino por el contrario enorgullecernos de lo que somos y saber que Dios es quien manda el pan a la casa y no las personas de carne y hueso.
En vez de hacer tanto esfuerzo en convencer a los demás para que nos vendan o para que nos compren o para que sean nuestros socios, debemos de hacer esfuerzos en buscar que Dios nos mande una buena Parnasá (manutención).
La persona, cuando va a tener una entrevista de trabajo, es capaz de pensar durante una semana entera, qué voy a decir, cómo se lo voy a decir, no duerme en las noches pensando y el día de la entrevista repasa todas las oraciones bonitas que preparó para conquistar el corazón del otro.
Esto se parece a un caso que pasó con una persona que quería comprar una casa y se comunicó con el dueño. Finalmente, el dueño le mandó con su motorizado los papeles de la casa con todos los detalles bien explicados, el precio total, etc. Cuando llegó el enviado a la casa de esa persona, llamó al timbre y, apenas le abrió la puerta, le empezó a suplicar que le vendiera la casa. Entonces el motorizado le dijo: Señor, yo no soy el dueño, yo nada más que soy el mensajero.
Así ocurre también con nosotros. La mayoría de las veces, no entendemos que el que está parado frente a nosotros es un motorizado de Dios. Quien decide si ganaremos o si perderemos, si nuestro capital aumentará o no, es solamente Dios. Por eso, en vez de estar perdiendo el tiempo buscando convencer a los motorizados, consiguiendo gracia ante sus ojos, busquemos convencer al jefe, a Dios.
Si analizamos bien, todos los sueños del Faraón eran alrededor del Nilo, para demostrarnos que es ahí justamente donde radica la diferencia entre nosotros y los goyim. En Israel, las aguas que se consumen son estrictamente provenientes de las lluvias que bajan por el monte Jermón; sin embargo, en Egipto las aguas que se consumen son provenientes del Nilo, que es un río que se alimenta de aguas subterráneas.
Cuando una persona bebe agua debe levantar su cabeza, pero cuando un animal bebe, debe bajar su cabeza. Yosef le dijo al Faraón que ellos beben como los animales, con la cabeza hacia abajo, y que él bebe con la cabeza hacia arriba demostrando que ese agua proveniente de las lluvias, que son el símbolo de la parnasá, son de Dios quien es el único que mantiene y alimenta a la humanidad y no como los egipcios, que piensan que el agua proviene de la tierra, y que todo depende de los actos de las personas. Es por eso que Egipto recibió la sequía en el Nilo, para demostrarle que todo lo que proviene es de los cielos y no de la tierra.
Por eso no debemos esconder nuestra religión, sino que debemos llevarla muy en alto, y veremos como el goy nos apreciará más aún. Y no solo eso, sino que ellos dirán que les conviene hacer negocios con un judío temeroso de Dios, que sabe que no va a hacer trampas, ni robos, etc.
“Que sea la voluntad de Dios que les mande buena parnasá, que disfruten ese dinero para cosas buenas, que tengan en abundancia y que nunca dependan de los regalos de las personas de carne y hueso, sino directamente de Su mano abundante y bendita. Amén.”

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