lunes, 19 de enero de 2015

Israel en Egipto

Extraido de Jabad Magazine

Uno de los mayores misterios del pasado antiguo es la relación entre Israel y Egipto.

Esto puede sonar como una declaración peculiar tomando en consideración con qué cristalina claridad nuestra tradición trata esta relación, pero no es aquí donde radica el misterio. Radica en la casi total ausencia, fuera de nuestra tradición, de mención alguna de esta relación.

Fue este hecho el que provocó, en cierta medida, que los antisemitas del pasado, en particular los griegos y los romanos, negaran que tuviéramos historia alguna. El antiguo historiador judío Josefo dedica gran parte de su tiempo a contrarrestar este cargo ante su audiencia romana. Dado que los romanos no tenían acceso a nuestra tradición, estaba en la imperiosa necesidad de hacerlo.

Pero, con todo, perdura el enigma. ¿Por qué casi no hay mención alguna, en las antiguas inscripciones egipcias, acerca del Exodo y la esclavitud de Israel?
Hay unas contadas excepciones a esto, que la arqueología moderna ha descubierto, y un examen de estas excepciones puede darnos una pista en cuanto a la respuesta a esta pregunta.

Una es el así llamado "estilo de victoria" de Merenhotep, el rey durante la época de nuestra esclavitud. Los reyes egipcios tenían el hábito de erigir monumentos de piedra sobre los que registraban en sumo detalle, y comúnmente con gran exageración, todas sus victorias políticas y militares. Este monumento recientemente descubierto registra su victoria sobre un "Israel". Es la primera vez que esta palabra se encuentra en algún monumento antiguo.

El segundo ejemplo es la así llamada "Historia de Ipuwer". Ipuwer era un ordinario pero versado egipcio que vivió en la época en que dejamos Egipto.
Su historia no fue escrita sobre piedra sino sobre papiro, que pudo sobrevivir únicamente a causa del aire sumamente seco de Egipcio. No era un registro oficial sino un lamento privado. En él, Ipuwer describe una serie de terribles vicisitudes que su nación había encarado recientemente, pruebas que lo dejaron a él y a su familia desolado y desanimado. Su tono melancólico ofrece una visión pesimista del futuro de su nación y es caracterizado por el terror de que la gran gloria de Egipto pudiera llegar a semejante fin. Las dificultades que menciona presentan una llamativa similitud tanto en tema como en orden, con las diez plagas que acompañaron nuestra partida de Egipto y que, de hecho, golpearon a Egipto permanentemente expulsándolo del centro de la historia.
Examinemos por un momento estas dos referencias a nuestra temprana historia desde afuera de nuestra tradición. Una es una exclamación pública de victoria sobre una nación sometida destinada a proclamar la gloria del vencedor para siempre, noción que surge del hecho de que fuera escrita en piedra. La otra es una endecha privada que relata el desastre nacional, concebida para consuelo personal y, por lo tanto, no fue escrita en piedra.
A medida que el tiempo pasa de día en día y de año a año, la gente mira hacia atrás y escribe historia. Lo que ve es una miríada extensa de complicados sucesos entretejidos y personajes. Si el historiador simplemente escribiera todos estos hechos, nadie, ni siquiera los más grandes eruditos, estarían interesados. Por lo que tamiza esta información, eligiendo una parte y dejando detrás mucho más. Luego, interpreta su significado.

Tanto el cernido como la interpretación son actos que no se llevan a cabo en un vacío, sino que están sujetos no solamente a los prejuicios del historiador sino también al efecto que éste quiere producir con sus escritos. Lo podemos ver sucediendo ante nuestros propios ojos hoy con el nuevo currículum en las escuelas exagerando el papel que las minoridades étnicas y las feministas jugaron en la historia norteamericana. A menos de que la persona realmente viva un suceso o tenga acceso a una tradición confiable transmitida a él por alguien que lo hizo, jamás sabrá la genuina verdad sobre éste con estudiar historia.

Cuando los reyes egipcios ponían estas inscripciones, escribían historia, y estaban interesados en producir un efecto, su propia autoglorificación. Naturalmente, no escribirían nada que estropearía este efecto, tal como un Israel abandonando un Egipto en ruinas. Es por esto que no hay mención en los escritos históricos de los grandes sucesos relatados en nuestra tradición. Los únicos que escribieron historia fueron aquellos que no tenían interés alguno en estos agitados sucesos. El pueblo judío no escribió historia, y la única razón de que se conocen estos eventos es porque nuestra nación sobrevivió y, así, las tradiciones están hoy con nosotros.

Pero Ipuwer tampoco escribía historia. No trataba de producir efecto alguno salvo su propio consuelo. Y no era para nada probable que su narración sobreviviera.

Uno de los más grandes errores que todos los historiadores tienen en común es que presumen que el hombre antiguo era en el mejor de los casos un individuo burdo, y en el peor, un salvaje. En épocas antiguas esta equivocación se debió a simple ignorancia. La Edad Media fue una extensa y opaca barrera que separó a los historiadores de cualquier conocimiento preciso del pasado antiguo. En el último siglo la arqueología ha resuelto este problema en cierta medida, pero otro más serio ha surgido. Es la aceptación casi universal de la teoría de la evolución de las especies por medio de la selección natural. Si el hombre evolucionó de una forma inferior de vida, obviamente, a medida que pasa el tiempo, tanto más se aleja éste de esa forma inferior de vida. A ello se debe que todos los historiadores se sienten desconcertados por los logros del hombre antiguo, como lo han descubierto los registros arqueológicos.

No tiene manera de explicar, por ejemplo, las pirámides o la arquitectura antigua en general. Y esto, como lo admiten, en el amanecer de la historia. Repentinamente, de ninguna parte, estalla una explosión de tecnología insuperada hasta el siglo XX. Y por increíble que esto pudiera parecer, como no pueden explicarlo, simplemente lo ignoran, especialmente sus implicaciones respecto de la evolución.

La Torá relata los grandes pasos que la tecnología dio a principios del mundo. Después del diluvio, este crecimiento continuó. Pero hasta la Torre de Bavel, estaba restringido generalmente a la Mesopotamia. Lo que es más importante, como no había guerra ni nacionalismo, la tecnología no era considerada demasiado importante. Pero, con todo, la pericia tecnológica práctica ciertamente continuaba creciendo.

Después de la Torre y la dispersión de las naciones pegó un salto como una flecha de un arco contraído y repentinamente en Egipto comienza la edad de las grandes pirámides. Aparece simultáneamente la monarquía absoluta, que encamina esta tecnología a su antojo. Este era el Viejo Reino en Egipto, hace unos 42 siglos.

Lentamente, esta monarquía se debilitó y surge un corto período de feudalismo en el que los reyes son débiles y controlados por los nobles. Pero pronto llega el Reino Medio, caracterizado nuevamente por una fuerte monarquía.

En este punto desciende una bruma y casi nada se conoce sobre los próximos cien años. Parecería que un "fiero" pueblo semita llamado Hyksos invadió Egipto y se mantuvo en el poder por un siglo aproximadamente. Casi nada se conoce de ellos. Nuevamente, porque su historia no fue escrita por ellos sino por sus enemigos egipcios. Sabemos que a estos enemigos los llamaron "el pueblo pastor" y se nos cuenta cómo libraron una guerra "despiadada" sobre el paganismo egipcio. De hecho, ésta es una de las pocas cosas que sabemos sobre ellos porque era una de las pocas cosas que a los egipcios no les importó que la historia supiera. Los Hyksos eran iconoclastas. No dejaron detrás de sí ninguna imagen o estatuas de cualquier cosa, ni de algún dios o de sí mismos. Y es por esto que sabemos tan poco sobre ellos. Esto es en brusco contraste con los egipcios, quienes dejaron detrás todo tipo de monumentos y estatuas. Y es por eso que fueron tan odiados y temidos por los egipcios.

Otro hecho importante que debe presentarse: fue por esta época que Avraham descendió a Egipto.

Es ocioso especular sobre la relación de Avraham con los Hyksos. ¿Eran ellos sus discípulos, como Josefo parece implicar? Las "almas que ellos hicieron en Jarán". ¿Participaron ellos en su guerra contra los reyes? No se conoce lo suficiente como para hablar. Mientras ciertamente no eran tan degenerados como los egipcios, muy bien podrían haber sido responsables del problema que Avraham tuvo con su esposa cuando llegó.

Y el odio que los egipcios sentían por ellos explica otra cosa.

En Parshat Miketz (Gen. 41:34) la Torá cuenta cómo después de que Biniamín descendiera a Egipto Iosef invita a sus hermanos a comer con él. La Torá detalla la muy misteriosa disposición de asientos en esta comida. Iosef se sentó solo, sus hermanos se sentaron por separado como lo hicieron los egipcios. La Torá da una razón. Los egipcios no podían comer con los Ivrí, los hebreos, porque era una abominación para ellos. Onkelós explica que los egipcios adoraban los animales que los hebreos criaban para alimento y ropa. Eran pastores. Luego, cuando Iosef quiso asegurarse de que su familia podría radicarse en Góshen, lejos de los egipcios, les dijo que contaran al Faraón que eran pastores. Esto aseguraría que los egipcios se mantendrían alejados de ellos.

Con todo, parece que los egipcios hubieran querido estar en términos más bien buenos con los judíos, considerando el hecho de que eran una "abominación". ¿Qué tipo de abominación era ésta, y cuán mala podría haber sido? ¡Era más de un siglo antes de que los judíos fueran concretamente esclavizados y comenzara la persecución!

Después de unos 100 años de gobierno, una rebelión popular aplastó la dominación de los Hyksos y comenzó una nueva y enérgica dinastía egipcia.
Este era el Nuevo Imperio.

Imperio, porque ahora los egipcios hicieron algo que jamás antes habían hecho. Comenzaron un movimiento de expansión nacional que habría de culminar en el imperio oriental medio de Thutmose III. Por esto los reyes de egipto siempre estaban en busca de sirvientes militares y civiles capaces de ganar y mantener este imperio. Fue por esta época que Iosef fue vendido a Egipto. No sorprende que el rey egipcio lo reconociera de inmediato como alguien a quien se podría usar para fomentar las necesidades de su imperio. Cuando llegaron los demás hermanos, varios años después, también puso sus ojos sobre ellos. Pero la memoria y el odio a los Hyksos era todavía muy fuerte entre los egipcios y todo lo que los hermanos tuvieron que hacer era decir que eran pastores para asegurarse de que los egipcios no querrían trabar amistad con ellos.

Así continuaron las cosas durante un siglo más; Israel vivió en Góshen y evitó la asimilación. Por su parte, los egipcios no parecieron molestarlos.

Una de las marcas características del paganismo es la tolerancia religiosa. Si crees en 100 dioses, agregar uno más no habrá de molestarte demasiado. Los egipcios no eran tan quisquillosos en cuanto a dioses nuevos. De hecho, ésta puede haber sido una de las causas de la fricción con los Hyksos, quienes no se mostraban tan dóciles con esto.

Pero más o menos a mediados del siglo XV antes de la era común, surgió un rey en Egipto que habría de poner fin a esto. Este era Amenhotep IV, mejor conocido como Iknatón. En la literatura popular, e incluso en la literatura erudita, se sostiene ampliamente que él ha sido un monoteísta. Muchas teorías románticas han soñado incluso los eruditos con respecto a su relación con Israel. El no era, sin embargo, un verdadero monoteísta. Quizás sería mejor llamarlo el primer fanático religioso del mundo. Simplemente proscribió todos los dioses egipcios excepto el suyo. El no podía soportar que alguien adorara a dios alguno fuera del suyo. Y aplicó una crueldad directa para suprimir a quienquiera no cumpliera con su voluntad, tal como lo hacen todos los fanáticos religiosos.

Pero los poderosos sacerdotes eran demasiado fuertes para él y no se mantuvo en el poder demasiado tiempo. Después de su muerte volvió el viejo orden. Pero Egipto jamás volvería a ser el mismo, de una forma que tuvo una peso directo sobre el pueblo judío que vivía pacíficamente en Góshen. Una vez que la semilla del fanatismo religioso es plantada, continuará creciendo. Aunque ya no quedaba rastro alguno de la ideología de Iknatón tras su muerte, la atmósfera de fanatismo religioso que había creado, perduró. Poco después se tomó sospechosa y peligrosa nota de Israel viviendo solo en Góshen.

Cuando Moshé y Aharón llegaron y se pararon ante el Faraón, éste no era el mismo Faraón sensual de quien Avraham había tratado de ocultar a su esposa. Tampoco era el mismo empresario constructor de imperios que estaba ávido de aprovecharse de Iosef y sus hermanos. Era una ceñudo Faraón decidido a erradicar toda ideología que difiriera de la suya.

Reuven Adams

Cortesía: es.chabad

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